Sanar las heridas del pasado no es solo una cuestión de querer olvidarlas o dejarlas atrás. Se trata de un proceso neurobiológico y emocional que requiere herramientas y terapias específicas. ¿Cómo sanar un trauma de la infancia?
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las experiencias adversas en la infancia pueden afectar al desarrollo del cerebro o incluso al sistema inmunitario, dejando una huella que persiste décadas después, lo que se conoce como trauma infantil, y que puede afectarnos negativamente en nuestra adultez.
A continuación, voy a analizar cómo se pueden identificar y tratar estos traumas infantiles cuando ya hemos llegado a adultos y seguimos arrastrando las secuelas de aquella situación que nos hirió o dañó.
Tipos de traumas psicológicos infantiles
Pero antes de explicar las herramientas y enfoques terapéuticos que existen, es necesario conocer los tipos de traumas de infancia, ya que cada situación es distinta y puede requerir estrategias diferentes.
Los especialistas solemos clasificar los traumas en dos grandes categorías:
- Traumas con “T” mayúscula: Los provocados por eventos únicos, devastadores, aislados e inesperados, como desastres naturales, accidentes graves, un asalto o la pérdida repentina de un progenitor. El recuerdo suele ser nítido y detallado. El síntoma principal suele ser la evitación y el miedo a que se repita.
- Traumas con “t” minúscula: Los que se derivan de la exposición prolongada o repetitiva a situaciones o circunstancias adversas. A menudo se suelen denominar traumas complejos. Pueden producirse por muchas causas: negligencias emocionales, abusos sexuales continuados, humillaciones constantes, acoso escolar, crecer en un hogar con violencia o adicciones… Aquí el niño suele desarrollar mecanismos de disociación (desconectarse de la realidad) para sobrevivir, y el impacto en la personalidad futura como adulto es mucho más profundo.
Más allá de esta distinción, existen otras formas de categorizar el impacto emocional:
Traumas por omisión (negligencia) vs. traumas por acción (abuso)
El daño psicológico o trauma de infancia puede ser ocasionado por las acciones de alguien contra el niño, pero también de la ausencia de cuidados, protección o atenciones:
- Traumas por acción: Abuso físico, sexual o verbal. Son actos directos de agresión.
- Traumas por omisión o negligencia: Son provocados por el abandono o la falta de respuesta a las necesidades básicas del niño. Pueden ser carencias físicas (falta de comida, higiene o seguridad) o emocional (indiferencia, falta de afecto, ignorar el llanto…).
La neurociencia ha demostrado que la negligencia emocional severa puede ser tan dañina para el desarrollo cerebral como el abuso físico, ya que el cerebro, por decirlo de alguna manera, “se apaga” ante la falta de estímulo y conexión.
Otros tipos de traumas infantiles
El trauma del desarrollo (o complejo)
A diferencia del estrés postraumático convencional, el trauma complejo ocurre dentro del sistema de cuidado del niño (padres o tutores). Al ser las personas que deberían protegerlo quienes causan el daño, el cerebro del niño entra en un conflicto insoluble: “Mi fuente de seguridad es mi fuente de peligro”.
Este tipo de trauma afecta a la formación del apego, la capacidad de confiar en otros y la propia identidad.
Traumas transgeneracionales
Fuentes de prestigio como el Journal of Traumatic Stress destacan que el trauma puede “heredarse” por mecanismos epigenéticos y patrones de crianza. Esto significa que si un padre tiene un trauma no resuelto, puede transmitir un estado de alerta constante a sus hijos a través de su comportamiento, miedos irracionales o desconexión emocional, creando una cadena de trauma que afecta a varias generaciones.
Trauma de traición
Propuesto por Jennifer Freyd, este ocurre cuando las personas o instituciones de las que un niño depende para su supervivencia violan su confianza de manera significativa. Cuanto mayor es la dependencia del niño hacia el perpetrador, más probable es que el cerebro “bloquee” el trauma (amnesia traumática) para poder seguir conviviendo con esa persona por pura necesidad de supervivencia.
¿Por qué permanecen los traumas infantiles en adultos?
Durante la infancia, el cerebro tiene una gran plasticidad. Si un niño vive en un entorno de estrés crónico, su amígdala (el centro del miedo) se vuelve hiperreactiva, mientras que el córtex prefrontal (encargado de la lógica) experimenta dificultades para regular las emociones.
Cuando un trama somete el cerebro a estas alteraciones durante la niñez, es muy probable que, como adulto, tu cerebro siga operando bajo un modelo diseñado para la supervivencia, reaccionando a problemas cotidianos como si fueran amenazas o situaciones límite.
¿Qué problemas pueden provocar los traumas de infancia en adultos?
La medicina moderna, a través de estudios de vanguardia como los realizados en neurobiología interpersonal, ha demostrado que estas experiencias alteran la arquitectura del cerebro y la respuesta del sistema endocrino, lo que se traduce en problemas tangibles de salud física y mental.
Los problemas que un adultos puede tener por un trauma de infancia se pueden agrupar en cinco grandes grupos:
Problemas de salud mental y emocional
El cerebro de un niño que ha vivido en un entorno traumático desarrolla una amígdala hipersensible. En la adultez, esto se manifiesta como:
- Trastornos de ansiedad y ataques de pánico: Una sensación constante de que algo malo va a suceder, incluso en situaciones seguras.
- Depresión de difícil tratamiento: A menudo vinculada a una baja producción de dopamina y serotonina debido al estrés crónico temprano.
- Disociación: La capacidad de “desconectarse” de la realidad o del propio cuerpo. Es un mecanismo de defensa que en la adultez puede provocar lagunas de memoria o sensación de irrealidad.
- Trastorno de estrés postraumático complejo (TEPT-C): A diferencia del TEPT común, este incluye una autopercepción negativa extrema (“soy malo”, “no valgo nada”) y una desregulación emocional severa.
Problemas físicos
Doctores como Bessel van der Kolk, uno de los mayores expertos mundiales en trauma, sostiene que el cuerpo almacena la memoria del evento. El estrés crónico mantiene niveles elevados de cortisol, lo que cual puede ocasionar trastornos en el organismo como:
- Enfermedades autoinmunes: Estudios han encontrado una correlación directa entre traumas infantiles y el desarrollo posterior de lupus, artritis reumatoide o esclerosis múltiple.
- Dolor crónico y fibromialgia: El sistema nervioso está tan saturado que interpreta señales normales como dolorosas.
- Problemas cardiovasculares y metabólicos: El estado de alerta constante afecta la presión arterial y la gestión de la glucosa (diabetes tipo 2).
Dificultades en las relaciones (trauma relacional)
El trauma temprano relacionado con el apego puede distorsionar nuestra forma de conectar y relacionarnos con los demás:
- Apego inseguro-ansioso: Necesidad constante de validación y miedo extremo al abandono.
- Apego evitativo: Dificultad para intimar emocionalmente; la vulnerabilidad se percibe como un peligro.
- Dificultad para establecer límites: Incapacidad para decir “no” por miedo a la reacción del otro, o bien, ser excesivamente rígido y distante.
Problemas de comportamiento desadaptativo
Muchos adultos utilizan mecanismos para adormecer el dolor emocional del trauma que, con el tiempo, se convierten en problemas adicionales:
- Adicciones: Uso de sustancias (alcohol, drogas) o conductas (juego, compras impulsivas) para regular un sistema nervioso que se siente abrumado.
- Trastornos de la conducta alimentaria: El control sobre la comida suele ser un intento desesperado de controlar un entorno que en la infancia fue caótico.
- Autolesiones o conductas de riesgo: Intentos de “sentir algo” cuando domina el entumecimiento emocional (disociación).
Problemas relacionados con la ventana de tolerancia
Una de las mayores consecuencias es el estrechamiento de la ventana de tolerancia. Esto significa que el adulto traumado tiene muy poco margen para manejar el estrés. Los pequeños contratiempos lo lanzan hacia la hiperactivación (ira, pánico, lucha) o hacia la hipoactivación (parálisis, depresión, desconexión).
Según el estudio ACE (Experiencias Adversas en la Infancia), una persona con una puntuación alta de trauma tiene un riesgo significativamente mayor de muerte prematura, no solo por factores psicológicos, sino por el desgaste biológico acumulado en sus órganos vitales.
“¿Cómo saber si tengo un trauma infantil en la vida adulta?” Haz una prueba de trauma infantil
Aunque solo un profesional puede dar un diagnóstico, hay algunas señales en adultos con con frecuencia suelen estar vinculadas a la existencia de un trauma no resuelto:
- Hipervigilancia: ¿Sientes que siempre debes estar alerta o que algo malo va a pasar?
- Dificultad de regulación: ¿Tus reacciones emocionales son desproporcionadas al evento que las causó?
- Memoria fragmentada: ¿Tienes grandes lagunas de memoria sobre tu infancia?
- Autoestima dañada: ¿Sientes una culpa o vergüenza profunda que no sabes de dónde viene?
- Somatización: ¿Sufres de tensiones musculares, migrañas o problemas digestivos sin una causa médica clara?
Si te sientes identificado con alguno o varias de estos síntomas, lo más recomendable es que te sometas a un test de trauma infantil, en el que evaluamos de manera precisa diferentes aspectos de tu vida actual y tu pasado para determinar si existe un trauma de infancia.
En base a ello, desarrollamos un plan terapéutico personalizado que te ayude a minimizar o gestionar los problemas que te causa el trauma en tu vida y, con el tiempo, puedas sanar esta herida emocional.
¿Cómo superar un trauma infantil en la edad adulta?
Si te preguntas cómo curar traumas de la niñez, el primer paso es la identificación de la herida emocional y sus causas. Aceptar que lo que viviste fue doloroso y que tus reacciones actuales son adaptaciones de supervivencia es fundamental para poder empezar a poner remedio y mejorar.
Sin embargo, el trauma es un concepto complejo que se extiende por el sistema nervioso, por lo que la comprensión del mismo y la voluntad racional de sanación debe ir acompañada de una serie de terapias, ejercicios y rutinas prácticas que te permitan trabajar directamente con la memoria emocional y corporal.
Terapias para tratar traumas de la infancia en adultos
La psicología moderna ofrece diversos enfoques con alta evidencia científica a la hora de “reprogramar” el cerebro y tratar el trauma. Estas son las principales opciones de terapia para superar traumas de infancia:
- EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares): Es una de las terapias más avaladas. Utiliza la estimulación bilateral para ayudar al cerebro a procesar recuerdos traumáticos y archivarlos correctamente, quitándoles la carga emocional dolorosa.
- ICV (Integración del Ciclo Vital): Una técnica que combina distintos elementos como la imaginación activa, la línea del tiempo y la facilitación mental para mejorar la integración neuronal y sanar patologías como la ansiedad, la depresión, los problemas de regulación emocional, la anorexia, la bulimia y otros problemas que pueden tener como origen un trauma.
- Terapia cognitivo-conductual (TCC) centrada en el trauma: Ayuda a identificar patrones de pensamiento distorsionados y a cambiar conductas de evitación.
- Brainspotting: Una técnica que utiliza el campo visual para acceder a áreas del cerebro profundo donde se almacenan los traumas que la palabra no alcanza.
- Terapia somática: Se enfoca en liberar la tensión física y las sensaciones corporales asociadas al trauma.
Qué hacer si sospechas que un trauma te está afectando
Si tras leer este artículo crees que puedes tener un trauma de infancia que te está lastrando o perjudicando:
- Busca un especialista: Acude a un psicólogo terapeuta y asegúrate de que esté formado específicamente en tratamiento del trauma. Si además tienes o piensas que puedes tener una adicción por culpa del trauma, entonces conviene acudir a un especialista en tratamiento de adicciones.
- Infórmate (pero en fuentes fiables y rigurosas): Leer sobre el trauma ayuda a normalizar tus síntomas y reduce la vergüenza. Para ello, consulta siempre fuentes de divulgación científica y médica que estén basadas en estudios y datos validados o con mucho consenso en el ámbito de la psicología, la psiquiatría y la neuropsicología.
- Practica el autocuidado: Técnicas como el mindfulness pueden ayudar a calmar el sistema nervioso mientras inicias un proceso terapéutico.
Superar un trauma no significa olvidar lo que pasó, sino integrar esa experiencia de forma que deje de controlar tus decisiones y tu bienestar. Nunca es tarde, el cerebro y la salud mental pueden mejorar y sanar a cualquier edad.
